lunes, 23 de febrero de 2015

La cartas de un cartero: Capítulo I


   I

Mi nombre es Angelina López, tengo cuarenta y cinco años y nunca he recibido una carta, he tenido amantes, acosadores, dos esposos y ni uno de ellos me ha mandado una sola carta, no sé lo que se siente, como ya lo he dicho varias veces soy virgen en estas cuestiones que quizás ustedes crean que son vánales, al igual que el pobre siente que es inútil los frac de siete mil lempiras, sin embargo el rico siente que es algo indispensable de su esencia.
Este problema no había despertado interés en mí, hasta que cumplí los 40 años, quizás fueron los efectos de la depresión al saber que estoy sola a esta edad y que ninguno de mis matrimonios había funcionado.
Cuarenta y cinco años y estoy sola, ¿cómo no va a deprimirme esta situación?, si mi época dorada ya ha pasado y la otra mitad de mi vida la viviré sentada en un sillón de mi casa. –Es la ventaja de no tener hijos, no puedes ir a un asilo.- sólo me queda esperar la muerte, -“esperar”, esta es la palabra más dura del diccionario-. Como el tiempo es lo que me sobra, he podido reflexionar sobre el asunto,  le dado vueltas y vueltas, he pensado en todo los posibles puntos que se pueda tener, como por ejemplo: ¿Quiénes reciben más cartas? ¿Un Papa o un presidente?, incluso he llegado a la conclusión de que es más probable que un vagabundo reciba una carta a que yo la reciba en el resto de vida que me queda. Si lo piensan bien, ellos quizás tuvieron amigos en otras calles que se preocupan por ellos.


No es que no tenga amigos, el hecho es que mis amigos ya murieron o algo así me informaron ciertos parientes, que tuvieron el descaro de llamarme por teléfono hubiese sido bueno alguna carta, con la cual pueda recordad las palabras exactas. Aunque a veces sospecho que algunas de estas muertes sólo fueron metafóricas, es decir matar los recuerdos que alguna vez se construyeron con el tiempo.

                                                    

                                                                                                        Mario Santos.

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1 comentario:

  1. A veces, no recibir cartas, nos aislado del mundo y puede que nos proteja del miedo al dolor propio y ajeno, pero recibirlas, nos despierta los sentidos y sentimientos, o nos descubre lo aislados que estamos del mundano mundo, coqueteando con la soledad.

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