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Una noche antes de suicidarse
A la noche le hacía falta dos horas de luna para culminar; mientras Juan de quince años andaba sin compañía por el Parque Herrera con los puños apretados de miedo; sus ojos cafés perdidos entre las sombras como buscando algún individuo que le acelere los latidos o se los tranquilice, su garganta tragaba saliva justo antes de que los suspiros le dieran la confianza necesaria para ver pasar un gato negro o un perro blanco.
-¡No aguanto más!- Dijo mientras se sentaba en una banca de cemento con rasguños azules que indicaba el color que alguna vez tuvo. Gracias al poste de luz, viejo también, pudo observar que al otro extremo de la banca había un libro con el mismo estilo de un burgués su título: "Una noche antes de suicidarse". Esas tentadoras palabras hicieron que Juan de quince años tomara por primera vez un libro con sus manos sucias por jugar con la tierra al igual que Zara que vivían en una casa de madera con la misma alfombra que cubre las casas en los barrios de los hambrientos.
Juan había aprendido a leer como se aprende en la calle, señalando los rótulos de comidas de algunos restaurantes con la misma baba que tiene un bebé de dos meses.
-Un día antes de suicidarse- Dijo con la nostalgia que solo los pobres saben pronunciar, no falto mucho para que su vista se perdiera del libro y se colocara en el horizonte del parque y recordara las memorias donde sus pies cicatrizados habían marchado, él entendía que todo el mundo habla de los pobres, el Times, La Tribuna, el Papa... Todo el mundo juzga a la pobreza; pero esa mirada café que perdía brillo con el pasar de las noches frías decía: "No nos pueden juzgar porque no saben lo que hemos llorado". Después de esa mirada lo acompaño un suspiro de miserable aceptación, y con ello su mirada volvió a la portada del libro, que ahora decía "Antes de suicidarse".
Su curiosidad había aumentado tremendamente. No por el hecho de que misteriosamente haya desaparecido dos palabras del título, sino porque su esencia era mas alentadora; era un paso mas cercano a la muerte. Abrió el libro y comenzó a leer.
"A la noche le hacía falta dos horas de luna para culminar; mientras Juan de quince años andaba sin compañía por el Parque Herrera con los puños apretados de miedo; sus ojos cafés perdidos entre las sombras como buscando algún individuo que le acelere los latidos o se los tranquilice, su garganta tragaba saliva justo antes de que los suspiros le dieran la confianza necesaria para ver pasar un gato negro o un perro blanco."
Al leer el primer párrafo no se había percatado de que la historia del libro era la misma donde sus pies cicatrizados habían sollozado; siguió leyendo cada vez mas conmovido por como algún escritor había relatado con tanta veracidad el llanto de vivir como pobre. Su cuerpo estaba preparando lágrimas que con el pasar de su mejilla se convertían en lodo. Al ir por la mitad, sus puños apretados por miedo; ahora lo eran por ira, al recordar como a su padre lo habían asesinado por haber asaltado un autobús, después de quince días sin que su familia comiera alguna miga de pan.
Al ir por tres cuartos del libro, todo el llanto que intentaba, contener había comenzado, a pesar de resistirse porque un pobre no se puede dar el lujo de botar agua por los ojos, al leer el relato de como su madre totalmente demacrada había fallecido tras pasar veintiún días sin comer un pedacito de tortilla o una pizca de sal. La lluvia de lodo que rodaba por su mejilla café que en su comienzo era blanca, era incontrolable al igual que los mocos y las ganas de querer matar al mundo; Al Papa, al Times, a La Tribuna, al escritor de ese libro. Y terminó el libro con las hojas mojadas, y el parque estaba casi callado, ahora los pájaros escuchaban el llanto de Juan, y la banca estaba sola con libro tirado que ahora decía: "suicidarse", Juan se fue corriendo a casa porque él sabe que los que comen pan y tortillas les estorba el lodo y no quería dejar un charco de llanto hecho por un indigente que nunca sonrió porque no tuvo el derecho internacional e histórico de ser niño. Al llegar a casa saco las piedras de su lugar de dormir, coloco el libro a un lado, leyó el título en voz alta; luego se acostó en la tierra fría y dio el suspiro más largo que un miserable ha dado; Juan había entendido el libro y se fue a dormir. Cuando Zara regresó a la casa sin puertas que compartían vio a Juan colgado con unas cabuyas viejas y dijo:
- Uno más, ahora estoy más sola- tomo el libro que ahora no tenía título y se marchó dejando a Juan de quince años colgado con la garganta apretada por las cabuyas como diciendo: "Por esta boca nunca entró comida".
Fin.
Mario Santos.
21/06/2014
Honduras, Tegucigalpa.


Muy bueno, me gusto mucho, seguire leyendo poco a poco y con mucho gusto tus creaciones.
ResponderEliminarEs cierto que un libro, a cada paso wue da hacia su final, se acerca a su muerte,a la vez que nace a la vida, cada vez wue alguien comienza a leerlo.
Muchas, gracias por tu comentario Eduardo, espero que sea de ha agrado todo lo que se escribe. Y no olvides compartir y darle +1 al blog, que eso me alegra el día. Gracias de nuevo por comentar en este nuevo blog.
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