Mi día siempre es el mismo, despierto a las cuatro y media de la mañana,
contemplo el espejo que hay en mi techo y digo: “hasta en la madrugada soy
guapo” después de este ritual, que pienso que es muy común entre las personas,
me levanto, busco mi cepillo dental, lavo mi boca y ahí me encuentro con otro
espejo, sonrió y él me sonríe coqueteándome, observo mis uniforme que me pide
que me vista, me lo coloco, me acicalo mientras lo hago, salgo a la calle y veo
ese señor de aspecto demacrado, como si le han dado la trágica noticia que
padece de cáncer, después veo una y otras señora nada deseables, que vergüenza
siento por pertenecer a esta raza, llegó a la oficina donde me dan los sobres
que tengo que entregar en la residencia.
Al llegar, leo un letrero enorme que dice: “Residencia La placita” creo
que yo solo pude haberlo hecho muchísimo mejor, sin exuberantes conocimientos
de carpintería. Cabe aclarar que no me considero misantrópico ya que yo mismo
pertenezco a la humanidad y hacerlo significaría que me odie a mí mismo, eso
imposible, lo que si odio son cierto patrones monótonamente desagradables de
las personas, como por ejemplo levantarse a cepillarse los dientes con un toque
de agonía, la estruendosa voz de los niños, el día paga; toda la gente anda
emocionada porque ya tendrán una linda semana, mientras que a lo lejos nos adentramos
al túnel del resto del mes hasta ver la luz de la próxima mesada, lo que más
odio a tal punto que llego a deprimirme es el viaje en autobús, esa cantidad de
personas que están sentadas o mejor dichos inanimadas esperando que el tiempo
transcurra, como si fuesen esclavos del conductor, nada sucede mientras estén
en ese autobús, excepto cuando los asaltantes deciden despertar a estos
pasajeros y hacerles recordar que aún están vivos.
Mario Santos.
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Como siempre, tan bueno como real.
ResponderEliminarLa rutina puede llegar a ser, un arma de doble filo....