martes, 24 de marzo de 2015

Las cartas de un cartero: capítulo -III

III-I
Hubo un tiempo en que pensé si este oficio valía la pena, sino era mejor una licenciatura u otro trabajo. Sí usamos la lógica, este es el mejor empleo que un gran  hombre como yo tiene el deber de conseguir y es por el siguiente racionamiento:
Ser licenciado en mi país equivale a ser maestro, ser maestro equivale a tratar con ignorantes, ser carpintero significa frecuentar con gente lo suficientemente estúpida como para no poder usar  martillo, destornillador y pegamento. Ser cartero significa levantarse a trabajar antes que todos, es decir estar con la mejor compañía: uno mismo.
Tengo la humildad de recalcar que fue un acto de ingenuidad imaginar que sería así toda la vida, en un mundo tan variable como las enfermedades en los burdeles o las esperanzas de los adolescentes.
Hoy cuando pasé por la casa 2004, que hasta entonces tenía la firme creencia de un abandono muy lejano. Hasta tal punto que pensé que el tiempo la había dejado huérfana. Por eso siempre la tuve en mente, una casa tan vacía, tan sola que hasta el tiempo tomó sus maletas y salió por la puerta.
Todo este concepto cambió de una casa huérfana a una mujer abandonada. Hoy cuando la mire en la venta de la segunda planta esperando a alguien o algo. Sólo pude encoger los hombres y sonreírle mientras pensaba:

-Lo feliz que se ha de sentir porque nunca recibe molestosas cartas. Sólo pudo nacer una envidia y admiración ante esa desconocida. Pero claro esa admiración desapareció cuando note su camisola, que parece nunca fue lavada. No entiendo porque la gente cuando debería estar feliz parece estar triste, tanto que  esta siente que no merece tener una camisola limpia.

1 comentario:

  1. Muy bueno de nuevo.
    Cuantas verdades ocultas tras las cortinas, tras los ojos, enganchadas en el alma

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